lunes, 4 de enero de 2016

Esbozos sobre cuatro revistas literarias (2)

Esbozo número 02: Vanguardia y dicotomía


“Martín Fierro –segunda época es la revista más conocida y más comentada de la nueva generación. En artículos, conferencias, ateneos, se glosa su desenfado, la gracia insuperable de sus epitafios, el revuelo que provocaba en el mundillo literario cada una de sus apariciones, las polémicas –reales o fraguadas- con que matizó su trayectoria. (…). Todo, o casi todo, es chacota, solfa, eutrapelia liviana o andanada de gruesa munición, particularmente en los primeros tiempos.”[1]

               “El manifiesto, que además de aparecer en la tapa de la revista fue volanteado por el centro, tuvo una repercusión exagerada. (…). Incluso Conrado Nalé Roxlo se alejó del grupo primitivo, descontento con el texto de Girondo y con la nueva orientación que implicaba, pero a partir de esa fecha se incorporaron nuevos y decisivos colaboradores. (…). Desde entonces, Martín Fierro adquiere su carácter definitivo de nucleador de la juventud artística de vanguardia y marca la aparición del martinfierrismo en tanto corriente estética, tal como fue reconocida por la historia de la literatura.”[2]

               “El enfrentamiento –evidentemente sobredimensionado- entre la escuela de Florida, integrada por los martinfierristas y los redactores de Proa, y la escuela de Boedo, que agrupaba a los escritores cercanos a las revistas Los Pensadores y Claridad, se transformó en un punto de estudio y de fricción en la literatura argentina contemporánea, que dividió aguas y generó enconos. Incluso cuando los chisporroteos de aquella polémica ya eran historia y los protagonistas habían sosegado sus dardos, seguidores de una y otra corriente continuaron levantado aquellas viejas banderas impidiéndoles perder vigencia”.[3]

               “Apareció Extrema izquierda. ¡Salutte! Muy realista, muy, muy humana. Sobre todo esto: hay en sus páginas un realismo exuberante; el léxico que zarandean sus redactores es de un extremado realismo: masturbación, prostitución, placas safilísticas (sic), piojos pelandrunas, que lo parió, etc., etc., etc…. ¡Muy, muy realista!”[4]

            La revista Martín Fierro –segunda época, fue una publicación cuyo primer número salió a la luz durante el mes de mayo de 1924, y, con una periodicidad quincenal, se prolongó durante 3 años, hasta 1927. El segmento aclaratorio del nombre segunda época, responde a que ya había habido una primera publicación, a cargo del mismo director, Evar Méndez, durante 1919 y 1920, aunque de características distintas (de calidad mucho más precaria y siguiendo una tendencia anarquista) que apenas llegó a alcanzar escasos números.
            La trascendencia en la historia literaria argentina de la publicación, a partir de esta “segunda época”, ha sido comentada y estudiada en una gran cantidad de trabajos, y si bien se halla vinculada a múltiples factores, quizás los dos elementos fundamentales sobre los que esa trascendencia se apoya puedan resultar ser aquellos dos que aquí presentamos, y que se encuentran reflejados en cuatro textos que hablan desde la primera persona del plural, en nombre de la propia revista.

1. La vanguardia.

a) El manifiesto:
            El manifiesto martinfierrista (1924, número 04, año 01) escrito por Oliverio Girondo, representa un giro fundamental en la revista. Girondo, que había estado viviendo en París, plasma en el texto una combinación de ideas de las distintas vanguardias europeas en las que tanto él, como otros autores que serán centrales en la revista (Borges, especialmente) se encontraban interesados.
            Este giro hacía lo irruptivo, la novedad y la disconformidad artística ante lo preestablecido, que convertía la cuestión del arte en un eje central de la publicación, ocasionó que autores como Nalé Roxlo, que habían arribado a la publicación con cierta idea de continuidad de lo que había sido la primera época (más inclinada hacía lo social y de inclinación anarquista), se alejasen de ella, cediendo el protagonismo a los poetas y escritores más jóvenes.
            En las líneas del manifiesto martinfierrista se encuentra un eco del manifiesto futurista de Marinetti, de 1909, y del ultraísmo.
            La idea de que “un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia”, de la vanguardia italiana, y la de que “un hispano-suiza[5] es una obra de arte muchísimo más perfecta que una silla de manos de la época de Luis XV”[6], del martinfierrismo, son, esencialmente, la misma; e incluso la sintaxis del fragmento de uno se repite en el fragmento del otro. La defenestración del establishment artístico también se repite en ambos textos, y mientras el de Marinetti indique que “Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas…” y “liberar este país de su fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios”, Girondo se parara en oposición “Frente a la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que momifica cuanto toca”.
            Del ultraísmo, el manifiesto de la revista tomará el rechazo al mimetismo, y la necesidad de nuevas formas de sensibilidad y expresión. En su “Manifiesto del Ultra”[7], Borges había expresado: “Existen dos estéticas: la estética pasiva de los espejos y la estética activa de los prismas. Guiado por la primera, el arte se transforma en una copia (…). Guiado por la segunda, el arte se redime (…)”[8]; Girondo, coincidentemente, ubicará a la revista “Frente al recetario que inspira las elucubraciones de nuestros más “bellos” espíritus y la afición al ANACRONISMO y al MIMETISMO que demuestran”.
            Mientras que a la “necesidad imprescindible  de definirse y de llamar a cuantos sean capaces de percibir que nos hallamos en presencia de una NUEVA sensibilidad y de una NUEVA comprensión, que, al ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubre panoramas insospechados y nuevos medios y formas de expresión”, de este; se corresponderá el pedido “a cada poeta de una visión desnuda de las cosas, limpia de estigmas ancestrales; una visión fragrante, como si ante sus ojos fuese surgiendo auralmente el mundo. Y, para conseguir esta visión, es menester arrojar todo lo pretérito por la borda”, de aquel.
             Una última característica preponderante del manifiesto es la de su fuerte impronta local, cuidadosa, sin embargo, de no cercenar lo extranjero (cosa impensable para jóvenes que habían sido deslumbrados por Europa), “MARTÍN FIERRO cree en la importancia del aporte intelectual de América, previo tijeretazo a todo cordón umbilical. (…). El movimiento de independencia iniciado, en el idioma, por Rubén Darío, no significa (…) desconocer que todas las mañanas nos servimos de un dentífrico sueco, de una toallas de Francia y de un jabón inglés”. En un texto en el que la burla y la ironía ya se encontraban presentes.     

b)  El concurso municipal
            En ese mismo número 04 de la revista, las ideas postuladas en el manifiesto toman cuerpo en un texto que dispara contra los premios municipales. En él, la Municipalidad ocupa el lugar del “historiador” y el “catedrático”, (es decir, el lugar ya instalado desde el cual se reconoce y se reparten las medallas distintivas) y por eso se le recuerda su verdadera función: “cuestiones de limpieza, barrido, mingitorios y lenocinios”, mientras se la acusa de interceder para “favorecer amigos”, y se califica al jurado de “camarilla” y “especie de mafia”.
            Todo el texto es una diatriba en contra del sistema cultural instalado (“La adjudicación del primer premio de poesía […] fue resultado de una vulgar maniobra”, “Bastaría como elocuente muestra de censura hacia la municipalidad y a su instrumento,  el jurado, el hecho de que ni un solo órgano de la prensa haya adelantado la más tímida aprobación”, “la mala distribución de los premios”, “obteniendo el primer premio una obra que nada tiene que ver con la literatura”, “se incurre en el mismo error de premiar a escritores ya hechos”), y por eso responde naturalmente al espíritu vanguardista del manifiesto. Los premios del concurso municipal funcionan aquí como el sistema central indispensable, por el cual cualquier movimiento de vanguardia, es decir excéntrico, es decir marginal, pueda surgir, manteniendo (tal como lo señala Sarlo) con aquel centro, un relación a la vez de reconocimiento y rechazo: “En Martín Fierro se reclamará el cierre de la revista Nosotros, invocando una disposición municipal que prohíbe tener cadáveres en exhibición, pero hasta que la vanguardia no se dotó de espacio propio (la línea de revistas que, durante siete años, va de Prisma a Martín Fierro), la colocación de los jóvenes ultraístas no los obligó a ignorar, por principio, el espacio de consagración de Nosotros. Evar Méndez, Brandan Caraffa y Córdova Iturburu asisten al banquete que la revista ofrece a los premiados en el Concurso Literario Municipal de 1922, realizado en junio de 1923, con toda la parafernalia que los satíricos de Martín Fierro van a destrozar pocos meses después.”[9]  

2. La confrontación con el grupo Boedo.

a) Párrafos sobre la literatura de Boedo
            Horacio Salas ubica el inicio de la confrontación entre Florida y Boedo en una carta de Roberto Mariani: “Lo cierto es que en el número 7 de Martín Fierro apareció una carta de Roberto Mariani. Allí criticaba a la derecha literaria, (…), al centro (más estático que dinámico, opinaba) cuyo órgano sería la propia Martín Fierro. (…). `Falta calor en el entusiasmo, y falta ímpetu en el combate, y falta rebeldía en la conducta. Seamos justos: sobra gracia, sobra ingenio, sobra inteligencia, y es excesiva la imaginación. (…). Hay un pecado capital en Martín Fierro: el escandaloso respeto al maestro Lugones. (…). Se lo adora como prosista, como versificador, como filólogo, como fascista.´”[10] Para el número 26 de la revista, correspondiente a su segundo año (1925) la famosa polémica ya estaba instalada. En ese número Santiago Ganduglia firma una nota, en la que repasa críticamente, seis títulos reciente de autores identificados con Boedo. La crítica del artículo se sustenta principalmente en tres puntos: I) La negación de la extrema izquierda[11], “porque este sector cree en el Estado comunista, que es la forma absoluta del Estado”; II) la vuelta al naturalismo, la imposición del mimetismo y la desconexión absoluta entre artista y obra que atraviesa cada título (“se ha intentando restaurar el naturalismo en su aspecto más crudo y sórdido, tratándose de suscitar en el lector no ya la emoción simple sino el espanto y la repugnancia”, “Nuestros escritores de tendencia social han creído que no hay sino que reproducir; (…); páginas enteras dedicadas a un paisaje ajeno totalmente al  proceso espiritual del sujeto”, “El paisaje pertenece hoy a la poesía. (…). Molesta si no corresponde a definir un estado del alma”, “el naturalismo ha insistido en el profesionalismo estético, ahogando la personalidad”), y III) (Idea que resaltará Beatriz Sarlo[12] en su trabajo ya citado) el hecho de que no hay en los escritores del grupo de Boedo un verdadero conocimiento de lo auténticamente local: “Ni siquiera por casualidad, aparece entre los escritores de la extrema izquierda, entre los discípulos de Gálvez, una prueba de afecto y conocimiento de nuestras cosas. El localismo preconizado por Gálvez es el falso localismo. (…). Una forma es el falso localismo de ´Nacha Regules´, y muy otra el de ´La casa por dentro` o La canción del barrio”.

b) Homenaje a Evaristo Carriego
            Una forma es el falso localismo de ´Nacha Regules´, y muy otra el de ´La casa por dentro` o La canción del barrio. Porque todo (o casi todo) aquello que pregonizaba el grupo de Boedo, el Martinfierrismo lo hallaba, llevado a cabo con éxito poético, en la figura exaltada de Evaristo Carriego, a quien apenas unos años después del artículo del apartado anterior el propio Borges le dedicara un libro. Carriego era la exaltación del barrio, de los suburbios, de la gente desclasada, de la pobreza y la llanura, pero, en contraposición a la de Boedo, esa exaltación poética no se encontraba desteñida de sentimiento y emoción. En el número 17 de la revista (año 2, 1925) la nota firmada por R. G. T. (siglas de Raúl González Tuñón) anuncia “la idea de llevar acabo un homenaje a la memoria de Evaristo Carriego. Nos adherimos a la bella idea. Evaristo Carriego merece un gran homenaje. (…). La canción del barrio cantó sencillamente, y su canción humilde como los árboles y el musgo del suburbio, encontró eco hasta en los organillos reumáticos que andan a lo largo de las calles mansas arrastrando las filas de chicuelos sucios y melodiosos, empapados de sol, y miradas húmedas, sentimentales, de obreritas y de malevos inofensivos”. Suburbios, chicuelos sucios y melodiosos, obreritas, todo aquello que desde Boedo se buscaba representar.
            Es Evaristo Carriego el cantor de los suburbios, no la impostada izquierda recién llegada de los barcos. Al menos para la revista que “abre sus puertas a todos aquellos que quieran traer una joya de reconocimiento, para colocar sobre el recuerdo del muerto, como una estrella que temblará en la sombra, diciéndole al poeta que será perpetua su canción”.  


Bibliografía citada

Borges, Jorge Luis: Textos Recobrados. 1919-1929. Ed. Emecé. Buenos Aires. 1997.
Lafleur, Héctor René; Provenzano, Sergio D.; Alonso, Pedro D.: Las revistas literarias argetninas (1893-1960). Ediciones Culturales Argentinas. 1962.
Salas, Horacio: Lecturas de la memoria. Fondo de cultura económica. 2005.
Sarlo, Beatriz, Altamirano, Carlos: Ensayos Argentinos. De Sarmiento a la Vanguardia. Editorial Ariel. 1983.



Bibliografía consultada

Artundo, Patricia: “Reflexiones en torno a un nuevo objeto de estudio: Las revistas literarias”. Disponible en: memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.1028/ev.1028.pdf
Faillace, Magdalena (coordinadora): Vanguardias literarias argentinas. 1920-1940. Ministerio de relaciones exteriores, Comercio internacional y Culto. 2010.
Mangone, Carlos; Warley, Jorge: El manifiesto. Un discurso entre el arte y la política. Editorial Biblos. 1992.




[1] Lafleur, Héctor René; Provenzano, Sergio D.; Alonso, Pedro D.: Las revistas literarias argetninas (1893-1960). Ediciones Culturales Argentinas. 1962. Pág.: 92.
[2] Salas, Horacio: “Revista Martín Fierro. El salto a la modernidad”. En Lecturas de la memoria. Fondo de cultura económica. 2005. Pág.:24.
[3] Ibidem: Pág.: 29.
[4] Revista Martín Fierro (número 8-9). Citado en Lafleur, Héctor René; Provenzano, Sergio D.; Alonso, Pedro D, anteriormente citado. Pág.: 104.
[5] Automovil lujoso de la época de fabricación española.
[6] De aquí en más los entrecomillados que no lleven notas de referencia corresponde a citas de los textos de las revistas con los que se trabaje en cada apartado.
[7] Publicado originalmente en la revista Baleares. Revista Quincenal Ilustrada, Palma, Año V, Nro. 131, el 15 de febrero de 1921.
[8] Borges, Jorge Luis: Textos recobrados. Ed. Emecé. Buenos Aires. Pág.: 86.
[9] Sarlo, Beatriz: “Vanguardia y criollismo, la aventura de Martín Fierro”. En Ensayos Argentinos. De Sarmiento a la Vanguardia. Altamirano, Carlos; Sarlo, Beatriz. Editorial Ariel. 1983. Disponible en:
https://filologiaunlp.files.wordpress.com/2012/04/sarlo-vanguardia-y-criollismo-la-aventura-de-martin-fierro.pdf
[10] Salas, Horacio: Anteriormente citado. Pág.: 30.
[11] “Mariani se autocalificaba como militante de extrema izquierda –de hecho colaboraba en una publicación de ese nombre, dirigida por Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta y Lorenzo Stanchina.”. Salas, Horacio: Ibidem. 
[12]También para el periódico Martín Fierro, la "jerga ramplona plagada de italianismos" (número 8) tiene su explicación de clase: una literatura que se complace en la "anécdota de conventillo" es la que corresponde a sus autores, los "realistas ítalocriollos". Dos tipos de escritura y también dos públicos: los que son "argentinos sin esfuerzo", porque no tienen que disimular ninguna "pronunzia exótica" y los que, por su origen y por su lengua, no pueden reivindicar una larga tradición nacional”. Sarlo, Beatriz: Anteriormente citada.

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