sábado, 14 de octubre de 2017

Las Revistas Minotauro

La revista Minotauro en su laberinto


I. Precursores, nacimiento y resurrección.

            Si bien no fue la primera publicación dedicada a la Ciencia Ficción, sin dudas podrá señalarse (por tirada, permanencia en el mercado y repercusión) a Más allá de la ciencia y la fantasía como la más firme antecesora de Minotauro. La revista de Editorial Abril, había salido a la luz en 1957, y tomó la posta iniciada por Hombres del futuro; una publicación de escasa longevidad, que con apenas 3 números, no consiguió sobrepasar el año de vida (1947) pero inauguró el largo camino de las revistas de ciencia ficción.
            En el apéndice de Ciencia ficción, utopía y mercado, dedicado al desarrollo del género en la Argentina, Pablo Capanna señala que fue Más allá de la ciencia y la fantasía aquella revista que “creó un público estable para el género”,[1] llegando durante sus cuatro años de vida (1953-1957) a tiradas de “decenas de miles de ejemplares”,[2] llegando a vender al momento de sus cierre veinte mil números mensuales.
            La revista llegó, incluso, a convivir con el proyecto madre de Minotauro, la editorial del mismo nombre que Francisco “Paco” Porrúa había fundado en 1955.
            Lo que la editorial buscaba era impulsar el género por fuera de las fronteras de un público ya conformado (un público que fundamentalmente Más allá había construido) intentando seducir a un lector culto, a partir de la sobriedad de sus portadas y, especialmente, por medio de la inclusión de prologuistas de prestigio, tal como lo señala Capanna: “Sus primeros títulos fueron novelas que ya había adelantado Más allá: Crónicas Marcianas, de Bradbury y Más que humano, de Sturgeon. Ahora aparecían completas, con cuidadas traducciones y sus tapas sobrias, armadas con diseños geométricos en lugar de las habituales naves espaciales. Ambos libros iban avalados por prólogos de Jorge Luis Borges y del psicólogo Marcos Victoria”.[3]
            El primero de estos, incluso, y mientras aún continuara en su función de Director de la Biblioteca Nacional, reincidiría en su carácter de prologuista para presentar Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, en 1965. Apenas unos meses después de que Porrúa lanzara a la calle el primer número de la revista que nos convoca.

            Nacimiento.
            El primer número de Minotauro se publicó en septiembre de 1964. El éxito de la editorial del mismo nombre y el vacío que el cierre de Más allá había dejado impulsaron a Porrúa a darle vida a una revista que recopilaba los mejores cuentos publicados por la prestigiosa revista estadounidense The Magazine of Fantasy and Science Fiction.
            Ese pulcro primer número contó con una pequeña Editorial (en la página 2), de tan sólo 24 líneas, de las cuales 20 se destinaron a informar al lector sobre los orígenes y vicisitudes de la revista norteamericana.
            Recién al final de la Editorial, surge el nombre elegido para la versión local de la revista, señalando que “Minotauro (...) edición en castellano de The Magazine of Fantasy and Science Fiction se propone publicar bimestralmente los mejores de estos relatos, esperando ganar así el apoyo, el respeto y el afecto de los amigos lectores”.[4]
La desproporción entre el espacio dedicado a The magazine y las escuetas líneas dedicadas a presentarse a sí misma pueden leerse, sin dudas, como el sello espiritual con el que había nacido la revista.
Minotauro Número 5
La publicación, que al igual que su editorial homónima, era un proyecto personal de Porrúa, quien se encargaba de dirigir, seleccionar, traducir y corregir y hasta de administrar las cuentas,[5] se ideó con una salida bimestral, debido a las múltiples tareas de Porrúa, quien trabajaba también como Director Editorial de la Editorial Sudamericana: “Minotauro coincidió con el boom internacional de Planete, cuya versión también editaba, y para no dividir a un público que consideraba coincidente (Planeta también incluía ciencia ficción) ambas revistas alternaban su publicación, haciéndose bimensuales”.[6] Esta primera versión de la revista alcanzaría un total de 10 números, que saldrían editados entre 1964 y 1968.

                Muerte y resurrección.
            Los motivos que dieron fin a esta primera época estuvieron vinculados -sugiere Capanna- a la presencia de, precisamente, aquellos elementos distintivos que constituían su originalidad, y la dotaban de una literaturidad imponente con la que buscaba alejarse del gueto de la ciencia ficción, para acercarse al llano de la literatura: “Minotauro era un producto impecable, pero tenía más de antología que de revista” en el que “No había ilustraciones” que “buscaba atraer al lector culto, pero sacrificaba todo lo exterior”, creada bajo el peso del oficio de su creador, quien había fundado una revista que tenía “más de antología que de revista”, “pensada por un editor de libros”, que “terminó sus días como revista-libro”.[7]
            Sin embargo, con la figura de Marcel Souto (quién había conocido y trabajado con Porrúa en España) como motor principal del proyecto, la revista recobraría vida (casi veinte años más tarde) en 1983, cuando salió a la calle el primer número de la segunda época.
            La publicación, en realidad, era una especie de continuidad del proyecto anterior de Souto, la revista El péndulo, dedicada a la historieta y la ciencia ficción. De hecho, tanto en el diseño, como en las ilustraciones, el contenido y los colaboradores, la segunda época de Minotauro se asemejaba mucho más a aquella que a la Minotauro original.
Número 11. 2da Etapa
            La revista, en esta nueva versión, contenía editoriales más extensas, ensayos, entrevistas, notas sobre cine y cultura, carta de lectores, reseñas literarias… Lo que marcaría su intención de convertirse en una publicación mucho más pluralista y local que la original de Porrúa. Manteniendo como punto de unión, fundamentalmente (además del género y, claro está, el nombre)  el criterio de excelencia en la selección y la calidad del material publicado. 
            Minotauro, segunda época, fue la tercera iniciativa de Souto ligada a las revistas del género. Revista de ciencia ficción y fantasía, de 1976 y la ya mencionada El péndulo (que dejaría sin duda una fuerte impronta que trascendería las fronteras) habían sido las anteriores. Finalmente, con el apoyo y la distribución de Editorial Sudamericana (con cuyo gerente se había asociado Porrúa), se hizo cargo como directo de darle vida a una nueva versión de Minotauro.

II. El nombre y el mito.

            La conocida afición de Porrúa por el surrealismo es uno de los elementos que Capanna menciona para explicar el origen del nombre de la Editorial, que luego funcionaría también como título de la revista. Pero, más allá de ello, el nombre elegido resultó más que oportuno, teniendo en cuenta las múltiples vinculaciones que se han establecido entre el mito y el género de la ciencia ficción.
            El propio Pablo Capanna afirma que “Así como los mitos de los antiguos miraban hacia el pasado, los mitos modernos apuntan al futuro. La utopía es la forma racionalista que adopta el pensamiento mítico, y la ciencia ficción es la forma cientificista que toma el pensamiento utópico”.[8] En El sentido de la ciencia ficción, (1966), además, había presentado el apartado “ciencia ficción y mitología”,[9] dentro del capítulo VI, en donde reflexiona sobre el género a partir del tratamiento y definiciones que Platón, Raymond Ruyer y Carl Jung hacen del mito y la utopía. Años más tarde, en Ciencia ficción, utopia y mercado retoma la problemática en las primeras páginas (“¿Habrá que creer, como afirma otra de las definiciones en boga, que la ciencia ficción sería la `mitología del siglo XX´?”)[10] y luego en el capítulo “Mitopóiesis y mitagogia”, en donde hace referencia a la ideas de Joseph Bronowsky y de Gillo Dorfles (de quien extraerá el título del capítulo) acerca de la ciencia ficción como el “folklore de la era atómica”  y los “nuevos mitos”.[11]
            La propias palabras de Jacques Sternberg, utilizadas como editorial en el número 5,  (“He aquí un definición bastante buena de la ciencia ficción: una mitología moderna”),[12] el trabajo de Eleonora Pinotti (en donde plantea la relación del género y el mito a partir de la idea de que “El origen y porvenir del hombre son temáticas desarrolladas en los mitos antiguos, que la ciencia ficción retoma y pone en funcionamiento sobre un trasfondo científico”),[13] el de Antonio Rómar “El mito y la ciencia ficción: Polos de la explicación imaginaria de la realidad”,[14] o la compilación a cargo de Daniel Link Escalera al cielo, utopía y ciencia ficción,[15] no son otra cosa que unos cuantos ejemplos más que sirven para entender lo propicio de bautizar a una revista de ciencia ficción con el nombre de uno de los mitos más famosos de occidente.     

III. Primera época: Un proyecto solitario.
            El objetivo principal de la revista (además de la difusión del cuento moderno de fantasía y ciencia ficción) fue la de conseguir presentar una producción dedicada la género que ampliara, y a partir de allí rompiera, los límites de sus antecesoras, y consiguiera ser juzgada a la par de las mejores revistas literarias.
            Las portadas, como ya se ha mencionado, fueron el primer elemento (cara y presentación de la revista) con el que se apuntaba a cumplir ese objetivo.
            En el texto elegido para la editorial del número 02, Fredric Brown afirma que: “La ciencia ficción es una aventura de jinetes en el escenario del espacio, escrita para complacer a adolescentes mal entrazados que tienen hélices en la cabeza. (…). Es revistas baratas de resplandecientes cubiertas donde unos monstruos de ojos saltones persiguen a mujeres desnudas. (…). Es Julio Verne escribiendo una obra disparatadamente ridícula, Veinte mil leguas de viaje submarino, acerca de un invento imaginario menos práctico entonces que una nave del espacio  ahora. (…). Es la forma más extrema de la literatura de evasión”.[16]
            Y a todas estas afirmaciones buscaba escapar Minotauro.
Primer número de la revista
            Las portadas de cada número, lejos de los “monstruos de ojos saltones” y las “mueres desnudas”, a cargo ilustrador, traductor y celebre patafísico Juan Esteban Fassio (muchas veces pensadas específicamente a partir de alguno de los cuentos seleccionados para cada revista) se encontraban a año luz de la descripción citada de Brown.
            En ellas, las figuras abstractas, dominadas por elementos geométricos (círculos y circunferencias perfectas, en el primer y octavo número; laberintos rectangulares en el segundo; redes ovaloides y paralelogramos en el tercero) o propios del surrealismo (números 4 y 6) y el futurismo (número 5), presentan simbolismos complejos, de suficiente opacidad como para espantar de la publicación a los lectores ansiosos de meras aventuras y personajes cliché.
            Las cubiertas de Minotauro (Fassio había sido parte de los ilustradores de la revista literaria, cercana al surrealismo, A partir de cero, participando en los números 9 y 21)[17] recogían la herencia de los movimientos de vanguardia de principio del siglo XX que, desde la periferia, habían buscado irrumpir en un orden establecido; generando, con el tiempo, a través del reconocimiento y su incorporación al sistema tradicional, un desplazamiento desde los márgenes hacia el centro, al que, sin dudas, Minotauro (y en más de un sentido podría afirmarse que lo ha conseguido) también aspiraba.
            Es una aventura de jinetes en el escenario del espacio, escrita para complacer a adolescentes mal entrazados.
            Y, sin embargo, Minotauro se hará eco del llamado de atención que hará Ballard acerca de la necesidad del género de explorar no sólo el exterior y las estrellas, sino también las transformaciones que se producen en el interior del hombre: “En la obra del inglés Jim G. Ballard, que señaló hace un tiempo la necesidad de que la ciencia-ficción abandone el espacio exterior y explore el espacio interior, ciertos temas y símbolos reaparecen una y otra vez”.[18] Las batallas, las naves espaciales, las victorias heroicas, las fuerzas del mal y el rescate de doncellas intergalácticas serán en la revista reemplazados por las paradojas temporales (“Los hombres que mataron a Mahoma”, de Alfred Bester, número 1; “Todos ustedes, zombis”, de Robert Heinlein, número 4; “Interés compuesto”, de Mack Reynolds, número 7), la intertextualidad, lo paródico, las referencias culturales (“En busca de San Aquino” y “Jack Nueve Dedos”, de Anthony Boucher, números 1 y 5; “El Golem”, de Avram Davidson, número 6, e “Ícaro Montgolfier Wright”, de Ray Bradbury, número 8), la asimilación y transformación del hombre ante lo extraordinario (“La costa en el crepúsculo, también de Bradbury; “El tigre automático”, de Kit Reed, ambos en el número 1;  “Día en la playa”, de Carol Emshwiller, número 5), y los artículos de divulgación científica de Arthur C. Clarke (del número 1) e Isaac Asimov (publicados desde el 2 al 7).
            Todo el primer número, que marca el horizonte hacia donde se dirigirá la revista, se aleja rotundamente de la trama común de la “space-opera”. Pablo Capanna señala que “en Argentina, esta época fue prácticamente soslayada porque no existía un mercado editorial propicio a tales aventuras; la falta de un público masivo llevó a los autores a dirigirse a un público exigente, elevando su puntería.”[19] A través de los cuentos escogidos en aquel primer número, los argumentos que emergen de la revista girarán en torno a los mundos paralelos y la ciencia como versión moderna del milagro (“Qué bestia torpe”, de Damon Knight), la mitología, la fe, las referencias culturales (“La costa en el crepúsculo”, de Ray Bradbury; “En busca de San Aquino”, de Anthony Boucher; “El Leonardo perdido”, de Jim Ballard), el mundo moderno puesto en marcha a fuerza del petróleo y los viajes temporales -en paradójicas y paródicas versiones (“El campamento”, de Poul Anderson, “Los hombres que mataron a Mahoma”, de Alfred Bester).  
            Al tiempo que en las notas introductoras a cada cuento la definición, problematización, ruptura y marginalización del género ganaran protagonismo: “´Las discusiones acerca de si los cuentos de Bradbury -ha escrito recientemente Avram Davidson- son ciencia-ficción o fantasía científica, o meras fantasías, pertenecen a la esfera de la taxonomía, y no nos interesan´. El inclasificable relato que sigue es parte de Remedio para melancólicos”,[20] “Anthony Boucher (…) dijo  una vez que ´uno de los mayores errores no políticos de nuestra época es esa línea trazada entre la literatura seria y la literatura para pasar el rato. (…). Los libros policiales de Doyle y la ciencia-ficción de Wells eran publicados (y criticados y comprados) simplemente como novelas´. En busca de San Aquino, simplemente una historia admirable (de robots), ilustra nítidamente la tesis de Boucher”.[21] “Clarke agradeció la recompensa con una ´defensa e ilustración de la ficción científica´ (…) donde señaló lúcidamente a los enemigos del género: ´los bracmanes literarios que no han aceptado aún la revolución de Copérnico´”.[22]
            Y, a través de las editoriales (siempre textos foráneos traducidos) de los distintos números se irán profundizando estos temas. En la ya citada del número 2 (en la que la definición del género incluirá todo lo bueno y lo malo, la pesadilla y el sueño) de Frederic Brown; en la publicada en el número 3, de Arthur C. Clarke (“El impacto cultural de la ciencia ficción no ha sido reconocido nunca apropiadamente, y se advierte desde hace tiempo la necesidad de un estudio autorizado de su desarrollo y su historia.”);[23] en las firmadas por Jacques Sternberg en las número 5 y 7 (“Habrá una vez… Así comienzan las historias de esta literatura fantástica de nuestros tiempos. He aquí una definición bastante buena de la ciencia-ficción. (…). La ciencia ficción desarrolla sus temas en una realidad que es indiscutiblemente la de nuestro mundo, la de nuestro siglo veinte”.[24] “Es hora de reconocer, sin duda, que la ciencia-ficción, considerada erróneamente por un vasto público como un género mentor, es no sólo una literatura de una extremada sofisticación sino también una literatura que exige más genio que talento, y cualidades de escritura realmente excepcionales”),[25] y en la anónima del número 8 (“J. G. Ballard, expuso el problema de este modo (…): ´Es evidente que todos estamos de acuerdo con la idea de que la ciencia-ficción está realmente conectada con la ciencia,  con el futuro de la ciencia; pero no puedo dejar de pensar que si se insiste invariablemente en esta relación cualquier posible definición del género será demasiado restringida´”),[26] e incluso en la del número final, a través de la firma de C. S. Lewis (“Ni el elemento físico raro ni la simple lejanía del espacio son capaces de darnos esa idea de lo extraño que tratamos siempre de alcanzar en las narraciones que cuentan viajes por el espacio: es necesario entrar en ora dimensión…”).[27]
            La número 6, número aniversario de la publicación, por otro lado, presentará cuentos reunidos bajo un eje temático, justificando su elección, “la vida en o de otros mundos”,[28] en la idea de que “Los otros mundos habitados son mundos posibles, la ciencia-ficción misma y, (de acuerdo con la definición de John W. Campbell) ´espacio para pensar y moverse´”.[29]
            Finalmente Es Julio Verne escribiendo una obra disparatadamente ridícula, Veinte mil leguas de viaje submarino, acerca de un invento imaginario menos práctico entonces que una nave del espacio  ahora.
            Pero ni Verne, ni Wells, ni el resto de los padres del género aparecerán en las páginas de las revistas. Los escritores más frecuentados serán autores todavía jóvenes que, promediando los 40 años, venían produciendo una renovación en el género y con el tiempo se convertirán en clásicos de la ciencia ficción.
            Arthur C. Clarke –presente en los números 1, 3, 6 y 7- y Zenna Henderson -2, 4, 6 y 8- ambos nacidos en 1917; Isaac Asimov -cuyos artículos aparecen de la 2 al 7- y Ray Bradbury -presente en el 1, 3 y 8- de 1920 son, de los asiduos, los autores más longevos. Brian Aldiss -autor predominante en el número 9, que reaparecerá en la 10- de 1925, Richard Mathesson -publicado en el 2 y el 4-  y Poul Anderson  -en el 1 y el 7- de 1926, representantes del grupo mayoritario, nacido a mediados de la década del ´20.  Jim G. Ballard –presente en el 1, 4 y 5- de 1930 y Kit Reed -en el 1 y 5- de 1932, algunos de los más jóvenes.
            A la hora de definir su objeto de estudio Héctor Lafleur, Sergio Provenzano y Pedro Alonso, autores de Las revistas argentinas, señalan que su trabajo ha sido motivado por el deseo de “rescatar del olvido (…) esa a veces secreta, abnegada y maravillosa vida de las revistas en su incesante nacer y morir. Empresas de jóvenes –casi sin excepción- les ha sido dada como una fatalidad la vida breve”.[30] Vida breve (diez números en cuatro años) y juventud (si no tanto por edad biológica de su creador –cuarenta y uno al momento del lanzamiento- por espíritu,  autores y temas) propias de Minotauro.
  
            a) Modos de supervivencia.
            Capanna apunta al circuito cerrado que proponía la revista (editoriales foráneas, nula -o ínfima- referencia local, publicación de textos casi exclusivamente del género narrativo -además de las notas de divulgación de Asimov, la única pieza no narrativa será el poema de Archibald MacLeish “Epístola para ser dejada en la Tierra” publicado en la número 3-, ausencia de cartas de lectores, etc.) como causa principal para el cierre de la revista. Ya desde el número 3 (y luego nuevamente en el 4 y el 7), de hecho, casi al final de sus páginas, la revista anunciaba a sus lectores que quien deseara “comunicarse con otros aficionados al género” podía “escribir al Club Argentino de Ficción Científica (Casilla de Correo 3869, Correo Central, Buenos Aires) y al Club de Fantasía y Ciencia-Ficción (calle 2, N° 270, depto. 2, La Plata)”,[31] dejando entrever que la demanda por parte del público, de un espacio en el cual poder expresarse e intercambiar pareceres y comentarios, no le era del todo desconocida.
            A partir de aquel número 7, precisamente, fue que la revista comenzó a discontinuarse. Y su rigurosa bimestralidad se perdería para siempre.
            En el año que va desde el mes de septiembre de 1964 hasta agosto del 65, habían salido los primeros seis números, e incluso este último, a modo, de alguna manera celebratoria, ofrecía, en sus últimas páginas, un índice general por autor, en el que se informaba los títulos publicados, número de revista y página, en donde podía ubicarse cada uno de los textos. La número 7 consiguió salir pegada a su predecesora, pero la 8 debió esperar casi un año (mayo del 66) para poder salir a la calle. Una demorara que se repetiría hasta el final. La número 9 (en una edición más pequeña, pero más voluminosa, que planteaba cierta renovación de la revista) recién fue editada un año después, para el bimestre de julio-agosto del 67, y la 10, casi otro año más, para julio del 68.
            Es que, a la intemperie de los siempre cambiantes ciclos económicos de la Argentina, y al agotamiento de Porrúa (consecuencia de un proyecto en solitario que se lo demandaba todo), la revista, además, sumaba el hecho (y quizás a partir de cierta idea purista de lo que debía ser una revista literaria)[32] de carecer de toda publicidad cuyos ingresos pudieran ayudar a solventar los costos editoriales, a excepción de los anuncios de los próximos títulos de la editorial homónima (en los que se destaca el nombre de Jorge Luis Borges como prologuista de Crónicas marciana, de Ray Bradbury –en el número 7- y de Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon –en el número 8) y de la revista hermana Planeta, que publicaba Editorial Sudamericana de manera bimensual, en los meses en que no salía Minotauro.

            b) Un cambio tardío.
             Justamente esa pureza literaria (seguramente, surgida -como bien señala Capanna- del hecho de ser “una revista pensada por un editor de libros”),[33] se había convertido -si no lo había sido desde un principio- en una barrera entre la publicación y el público al que iba dirigida, y fue reconsiderada luego del octavo número de la de la revista. En la editorial del noveno, la única dedicada exclusivamente a la revista, omitiendo toda referencia a la versión estadounidense, y dejando de lado las palabras de autores foráneos que habitualmente ocupaban el espacio, “Ediciones Minotauro” anuncia que “inicia esta nueva serie de publicaciones bimestrales presentando una verdadera antología de la ciencia-ficción inglesa actual. (…). Esta entrega de Minotauro incluye además dos nuevas secciones: cine y libros. (…). Es evidente -de acuerdo con nuestra experiencia editorial- que la ficción especulativa está cambiando día a día y que al público de habla castellana le interesa de sobremanera ese cambio. Por este motivo Minotauro presentará cada bimestre un mayor número de textos experimentales, artículos y relatos que no alcanzan siempre a conocer la difusión del libro”.[34] El artículo dedicado a los libros es “La escena inglesa”, escrito por Judith Merril, y, tal como indica su nombre, es una reseña del estado actual de la ciencia ficción inglesa (mayormente en comparación a la estadounidense: “La c-f sufre aquí de algún la misma suerte de conciencia de ghetto que ha afligido a los editores y críticos norteamericanos”)[35] y los nombres de los que más se ocupa son de los de Aldiss, Ballard, Clarke, Burroughs. El dedicado a los libros, “La pantalla inglesa”, de Agustín Mahieu, primer escritor local en aparecer en la revista, se centra en dos films de concepción apocalíptica, The village of the Damned (El pueblo de los malditos, Wolf Rilla) y Fahrenheit 451, de Truffaut, a la vez que describe, en un paneo general, la relación histórica entre el cine y la ciencia ficción.
            Aunque, más importante aún que el contenido, resulta el hecho de que la revista se vinculara, aunque  más no sea a través de la obra inglesa, sobre la que gira el volumen, con la producción de textos locales.
            En el número 10, último número de la revista, las figuras de José Pedro Díaz, ensayista y narrador uruguayo,  y de Juan G. Atienza, escritor español, continuaban el giro anunciado, otorgando a la revista una mayor apertura y voz propia. A través de una apropiación del género que ya se estaba gestando.
            Los cambios anunciados en la Editorial del número 9 y llevados a cabos en estos dos últimos números, apoyan las conjeturas de Capanna acerca de la distancia que pudo haber mantenido la revista con la comunidad lectora de Más allá (“Sin embargo un producto tan elitista no conformaba del todo a los nostálgicos de Más allá”)[36], y si bien finalmente resultaron insuficientes para conseguir lograr la continuidad de la revista; funcionaron como antecedentes de la forma que adquiriría años más tarde la revista en su segunda época.  

IV. Segunda época: La otra Minotauro (una la versión local, de una versión local).

            La segunda versión de la revista estuvo a cargo de Marcial Souto, quien se convertiría, tal como lo había sido Porrúa, pero con una participación más activa, más pluralista y menos solitaria, en una figura central del género en la Argentina. Esta tercera revista que tenía a su cargo era, como ya se ha afirmado, prácticamente una continuación de El Péndulo, que había nacido como una revista de Literatura Ilustrada, humor e historietas (tal como declaraba en su nombre original) que luego perdería la historieta y el humor, para centrarse en las ilustraciones y la literatura.
            Además del director y el diseño interno, lo que compartieron ambas publicaciones, y aquello que les proporcionó un rasgo distinto por sobre cualquier otra, fue el equipo de colaboradores. Cuyas dos figuras centrales, eran el ya repetidamente citado Capanna y Elvio Gandolfo, traductor, escritor y ensayista ligado desde muy joven a la ciencia ficción. La publicación consiguió construir una identidad que combinaba a los ya clásicos autores del género con las novedades literarias y las primeras piezas producidas en la región.
            Angélica Gorodischer, Ana María Shua, Carlos Gardini, Sergio Gaut Vel Hartman, Elvio Gandolfo y el uruguayo Mario Leverero (sumados al propio Marcial Souto) conformaban la primera generación de escritores abocados al tema que (a diferencia de aquellos que habían dado los primeros pasos del género en la revista Más allá) sostendrían su producción en el tiempo y terminarían convirtiéndose, con el correr de los años, en los nombres centrales de la producción local. Pablo Capanna era (y sigue siendo) el estudioso de referencia por antonomasia (a partir de la publicación del primer estudio sobre el género en castellano, 1966, El sentido de la ciencia ficción) de la ciencia ficción en el de mundo hispano-parlante.
            Todos ellos habían crecido bajo el influjo de los autores publicados por Más allá y la primer Minotauro, y parecían encontrarse maduros para asentar el género en la argentina, ya no como mero país lector, sino también como productor de textos de ciencia ficción de calidad.
            Esa renovación tardía que incluía en los dos últimos números de la primer Minotauro a tres autores hispanos se veía plasmada en esta segunda época, en la que el vínculo local se hacía fuertemente presente, a tal punto que la número 10 se encontraba dedicada, en su totalidad, a la producción río platense.
            Habiendo aprendido de los errores del pasado, además, la pluralidad de los textos publicados (reseñas sobre libros, autores, películas, premios, espacios para misceláneas, etc.), la apertura de la sección “cartas de lectores” (buscando conseguir esa comunidad lectora que Más allá había sabido crear y que a la Minotauro original tanto le faltara) y el atractivo de las portadas (laminadas, a color, y fuertemente sugestivas) ilustradas por eximios dibujantes hicieron del proyecto de Souto una digna (y más variada)  sucesora del proyecto original.  
             Una fuerte impronta local estuvo presente desde el primer número de esta segunda época: De los once textos firmados, cinco respondían a nombres argentinos, los de Carlos Gardini (a cargo de una entrevista a Pablo Capanna), Ana María Shua (“La sueñera”), Pablo Capanna, Sergio Gaut vel Hartman (a cargo cada uno de ellos de una reseña literaria) y Aníbal Vinelli (responsable de la sección Cine).
            La entrevista a Capanna (después del cuento “La costa asiática”, de Thomas M. Disch, fue el texto de mayor extensión) ubicado en la parte central del número (de la página 51 a la 64, en un ejemplar de un total de 128) era una audacia y también un manifiesto: apostaba a que un nombre nacional (que por cierto se encontraba duplicado, ya que era entrevistado y al mismo tiempo encargado de la sección “Libros” de la revista) atrajera al público lector, y ubicaba al pensamiento nacional como núcleo central del número que servía como presentación de la revista.
            Los textos que funcionaban como editoriales en la primer Minotauro (reflexiones acerca del género firmadas por autores de renombre, pero que difícilmente tuvieran siquiera noción de la existencia de la revista), las cientos de páginas traducidas que poblaban los números de la original, eran remplazadas ahora por voces y palabras propias, que presentaban una mirada autóctona sobre la ciencia ficción.
            En la entrevista, Capanna recuerda la importancia de Más allá, narra los caminos que le tocaron recorrer, antes de publicar su fundacional ensayo El sentido de la ciencia ficción (y hace figurar de nuevo el nombre de Borges en la revista, permitiendo entrever lo cerca que estuvo siempre el autor del género); anticipa el que sería su tercer libro, un extenso ensayo acerca de la obra de Cordwainer Smith (de quien la primer Minotauro publicara “Alpha, Ralpha Boulevard”, en su número 3); señala al cuento “En busca de San Aquino”, de Anthony Boucher (publicado también durante la primera época de la revista, en su  número inicial) como fuente de la que surgió el título de su segundo libro Tecnarquía y relaciona el concepto (egresado como profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires) con el renacimiento y los filósofos griegos; reflexiona sobre el género, desde sus orígenes hasta la mirada actual; y da señales del camino que quizás se haya iniciado, y que sería auspicioso seguir para asentar una producción local del género que consiguiera  construir una identidad propia.
            Es justamente a partir de esas líneas, cuando saldrá a la luz una serie de respuestas que permiten entrever a Capanna como portavoz e ideólogo de la revista, ya que todas sus respuestas anticiparán claramente los caminos que luego tomaría la publicación.
            Rescata allí al nombre de Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta, quien había logrado conseguir en ese título, y también en el cuento “El árbol de la muerte”[37], “incorporar elementos locales”[38], pues “la trama de El Eternauta, que narra una típica invasión extraterrestre, es lo menos importante. Lo importante es que aparezcan lugares de Buenos Aires, que los héroes no sean superhéroes sino tipos de barrio, en ese sentido es una indicación de la línea que hay que seguir”.[39] Y anuncia -una vez más, definiendo lo que sería esta nueva época de Minotauro; aludiendo a la vez a la que fuera, seguramente, una de las mayores falencias de la primera- la necesidad “de que se hagan revistas con cierta personalidad, que no se limiten a reproducir lo mejor que se hace en otras partes, que no sean meras ´excelentes antologías`”.[40] Y eso mismo conseguirá ser en su segunda época Minotauro, construyendo una identidad en base a múltiples factores.       

            a) La apropiación de un género (el factor Capanna).
            En su artículo “El boom de la ciencia ficción argentina en la década del ´80”[41] Luis Pestarini afirma que “El rasgo principal de la década del ochenta es que se publica más literatura de ciencia ficción que en toda la historia previa del género en la Argentina”,[42] la aparición de ese “boom”, sostiene, está ligada a los proyectos de Marcial Souto como director de revistas, describiendo desde su primer intento fallido (“A mediados de los setenta, Marcial Souto y el uruguayo Jaime Poniachik le propusieron a Cascioli, que entonces dirigía la publicación humorística Chaupinela, hacer una revista de literatura fantástica y ciencia-ficción. El proyecto se puso en marcha, pero antes de la aparición del primer número sobrevino una aguda crisis económica que lo congeló”),[43] pasando por la importancia de El Péndulo, hasta llegar a Minotauro. En su libro Angélica Gorodischer: fantasía y metafísica, Juan Ramón Vélez García rescata la respuesta que diera la autora para referirse a la “eclosión” de esos años: “No sé si existió. Sé que hubo en algún momento escritores que produjeron maravillosos textos de ciencia ficción, editoriales que se ocuparon de publicarlos, librerías y kioscos que tenían montones de libros de Shua o de Souto o de Vanasco, hubo fanzines y revistas, y hasta una sombra de fandom (aficionados) en, por ejemplo, la Asociación Argentina de Ciencia Ficción y Fantasía. Si eso configura una ciencia ficción argentina, entonces sí la hubo.”[44] Pablo Capanna habla de “onda expansiva” y recuenta la cantidad de publicaciones sobre el género que surgen a partir de la década “Sinergia (1983) y Parsec (1984) (…). Clepsidra, dirigida por Daniel Mourelle (1984), también se ocupó de ciencia ficción. (…). El fandom desplegó una cantidad de publicaciones (Cuasar, Nuevomundo, Unicornio Azul, Gurbo, Vórtice, etc.) que nadie hubiese podido imaginar unos años antes”.[45] Lo cierto es que, a lo largo de sus once números, en sus casi tres años, la segunda versión de Minotauro llegó a publicar veinticinco textos literarios de autores nacionales,[46] más tres uruguayos (dos de Mario Levrero, uno de Sonia Gerszon) y uno del viñetista español (residente en Argentina) Miguel Gila; además de treinta y nueve artículos originales sobre el género, todos de autoría -si se incluye a Capanna, nacido en Italia pero radicado desde los diez años en Argentina- nacional; llevando a cabo, en su número 10, de septiembre del  ´85, “el primer número de una revista argentina de ciencia ficción y fantasía enteramente dedicado a textos de autores nacionales”.[47]
            En Cómo vino la mano, Miguel Grinberg señala las transformaciones que en el rock que se suscitan como género, desde su importación del mundo anglosajón hasta su conversión en un canal de expresión propia, a través de un camino de profunda creatividad, que fuera más allá del mero trabajo de adaptación y traducción. “El rocanrol norteamericano, desde 1955 en adelante, había dado pie para que en todo el mundo se produjeran expresiones musicales híbridas cuyo objetivo era parecerse al original made in USA. Así ocurrió con Johnny Halliday en Francia, con Adriano Celentano en Italia, con Sandro y Eddie Pequenino en la Argentina.”[48] “Casi simultáneamente, una amiga me presentó a un chico que tenía un conjunto llamado The Seasons. (…). El cuarteto cantaba un inglés sanateado, el álbum se llamaba Liverpool at B.A. y era un camelo olímpico, ya que todo pretendía venir de Gran Bretaña. En la foto lucían como Beatles; Carlos y Alejo firmaban los temas como “Max y Rodney”.[49] “Las tendencias imperantes en el mercado discográfico durante el primer ciclo de la música progresiva argentina (cuya connotación central era absolutamente rockera, con Manal, Los Gatos y Almendra al frente) produjeron una caracterización equivoca, pues se aplicaba una división que terminológicamente no contribuía a esclarecer la polémica reinante. Para el grueso de los observadores, desde afuera del proceso, había una única manifestación –la música beat- que no pasaba de ser una réplica de las corrientes anglosajonas, una forma mimética de corte extranjerizante: eso decían los críticos. En cierto modo, era cierto. Porque así fabricaban conjuntos las empresas tradicionales de discos en el país, de acuerdo al molde foráneo. Pero la actividad marginal iniciada en 1965, y continuada luego vehementemente por los tres conjuntos mencionado recién, brotó a pesar de la ola estandarizante y con extremo viento en contra”.[50] “A medida que el canto en castellano fue fortaleciéndose, y eso resultó vertiginoso, la música complaciente (en su mayoría colonizada, inspirada ciento por ciento por modelos foráneos) fue retrocediendo. (…). En el último trimestre de 1969, apareció el primer LP de Almendra (…), Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio, Rodolfo García y Edelmiro Molinari habían volcado toda su sensibilidad, generosamente. (…). Tres cosas significativas se produjeron el verano siguiente: el primer álbum de Manal, el primero de Los Gatos reunidos y recodificados (…), el estreno de una película espantosa”.[51]
            Todos esos discos contenían temas en español de autoría propia, y estaban impregnados de la propia personalidad de cada banda. Todo este proceso de mimetización, asimilación, transformación y apropiación visible en el rock, era lo que Capanna consideraba necesario para que pudiera comenzarse a hablar de ciencia ficción nacional. A ello se refería cuando en aquella entrevista del primer número de la revista afirmaba que “con la ciencia ficción va a pasar lo mismo que con el rock, pero todavía no pasó. También depende de que se hagan revistas con cierta personalidad”,[52] para agregar más adelante (ante la repregunta de Carlos Gardini, que reflexiona acerca de si no podría pasar “como sucedió con el rock, ya que antes los mencionabas. El trabajo ya se venía haciendo, pero no tenía la misma difusión. De pronto muchos descubrieron que se podía hacer rock nacional, con un sentir nuestro y con incorporación de formas musicales autóctonas”[53]): “Lo que sucede, (…), es que la cultura argentina (…) tiene una capacidad de asimilación mucho mayor que algunas otras. Acá se incorporan elementos constantemente y se los transforma, no se los incorpora en bruto. Mafalda es una especie de Periquita o de Peanuts, pero acriollada. Eso puede pasar con la ciencia ficción. Yo estoy esperando que pase. Pero todo depende de que haya canales”.[54] Y en uno de esos canales se convertiría, sin duda, Minotauro.
            De hecho, y tal como sugería Gardini, esa “capacidad de asimilación”, que en la misma entrevista él había encontrado en Oesterherld, a través de El Eternauta y “El árbol de la muerte”, ya estaba ocurriendo. Y uno de los ejemplos más claros (no casualmente, quizás, ya que el público del rock y la ciencia ficción no era tan diferente: joven, urbano y de capa de las capas medias) se da justamente a través del género al que hemos vinculado la apropiación local de la ciencia ficción. “El anillo del Capitán Beto”, compuesto por Luis Alberto Spinetta, en 1976, es un certero ejemplo de validación a las palabras de Capanna. Allí, no solo se observa la forma en que un género musical foráneo puede ser adoptado como propio, sino que además la apropiación se opera sobre el mismo género de la ciencia ficción, una apropiación impecable, para narrar -con la nostalgia de un tango- la historia de un colectivo convertido en astronauta, que “con su nave de fibra hecha en Haedo”, “su banderín de River Plate” y su “anillo extraño”, añora, desde la extensión del espacio exterior, los mates en el umbral, la ciudad de los tangos, los “camiones de basura”, la “vieja y el café”.
            La visión de Capanna acerca del género y el espacio en el que consiguió convertirse esta segunda época de Minotauro resultaron fundamentales para que la apropiación del género (por fuera de Borges y Bioy Casares) se haga posible. Ya en el primer número, en los breves textos de Ana María Shua, reunidos bajo el título “La sueñera”, lo onírico como intromisión y ruptura del mundo cotidiano (“Tres gritos”, “La última oveja”, “El sueño fácil”, los tres de la página 97), las situaciones y elementos comunes de golpe transformados, sin mediación alguna, en maravillosas (“Imagínese” -pág.: 98-, “Huevos fritos” -99-, “Nacida para la danza” -101) y las revelaciones finales que demuelen los muros de la realidad (“Con alegre modestia” -99-, “Después de tantos años”, “Yo me parezco a papá” -102-) evidencia la férrea influencia de la obra de Cortazar en la autora. En “Los buenos van al paraíso pero no todos los malos van al infierno”, de Angélica Gorodischer, publicado en el número 2, platos de variados países (“jamón entero, un pollo relleno, vitel tonné, ensaladas, caviar” –página 111), pero todos clásicos en la heterogenia cocina porteña, son demandados por el condenado para alivianar su apetito.
            En “Islas”, (número 5), Sergio Gaut vel Hartman, utiliza apellidos para denunciar su idiosincrasia: los González, García, Martínez, López, Fernández, Pérez, Gutiérrez, Domínguez, Sánchez (es decir, los hijos de Gonzalo, Martín, Lope, Fernando, Pedro, Gutier, Domingo y Sancho; es decir los hijos de España) son suficiente para nominar a todos y cada uno de los personajes. Salvo, por supuesto, aquellos (los anglosajones Johnson, Smith, Williams, Thompson) que utiliza para designar “seres inexistentes, de conducta imposible”, que causan risa por pertenecer a “la ficción de una realidad diferente”;[55] tan diferente como la que los cuentos de ciencia ficción estadounidenses o ingleses presentaban al lector nacional.       
            Dentro de aquellos publicados en el número dedicado a la producción local (el número 10) lo que se impondrá será la geografía: en el cuento de Angélica Gorodischer, “El inconfundible aroma de las violetas silvestres”, los países centrales son Bolivia, Paraguay, y, cercano a serlo, se encuentra el Alto Perú, mientras que Argentina, está compuesta por siete repúblicas, o -en términos de los personajes- republiquetas, las de “Rosario, Entre Dos Ríos, Ladocta, Ona, Riachuelo, Yujujuy y Labodegga”.[56] En “Diario del tiempo en la nieve”, de Rogelio Ramos Signes, los personajes y escenarios van desde “Venado Tuerto, Bahía Blanca y Viedma” hasta Río Negro, Santa fe, Entre Ríos y Ushuaia.
            En ese mismo número, en el artículo dedicado a reflexionar acerca del eje elegido escrito por Pablo Capanna, “La ciencia ficción y los argentinos”, el autor vuelve sobre aquella idea ya esbozada, acerca de las posibilidades de la ciencia ficción dentro de la Argentina, una idea que, según intentamos demostrar, encontraba en Minotauro el espacio a través del cual poder ponerse en práctica. “Pese a que vivimos interrogándonos por nuestra identidad, -escribía Capanna- los argentinos hemos sido capaces de convertir a Periquita en Mafalda, al Pato Donald en Clemente, así como de armonizar el rock con la chacarera y el tango con la atonalidad. Quizás esté despuntando aquí una nueva literatura fantástica argentina, que deberá mucho, sin embargo, a todos aquellos que desbrozaron, araron y abonaron el terreno en estos últimos treinta años”.[57]

            b) Una tarea grupal
            Una de las diferencias más notorias, desde todo punto de vista hablando, entre la revista original y esta segunda época de Minotauro, está vinculada a la cantidad de personas sobre cuyos hombros se apoyaba el proyecto. De la solitaria labor de Pórrua, llevando a cabo desde las traducciones hasta las tareas administrativas, en la nueva versión de la revista, casi todo el equipo que ya había trabajado con Souto en El Péndulo, se encontraba a disposición.
            El colaborador más importante, por lo esbozado en el apartado anterior, y también por cantidad de líneas aportadas (muchas veces con aportes de hasta dos artículos por número) fue sin duda Pablo Capanna. Sobre la crítica de libros y autores, comentarios de divulgación científica y reflexiones sobre el género, giraban sus escritos. En la sección “Libros” tenía su espacio fijo, pero otras veces se adicionaban artículos suyos o bien publicaba en la sección de misceláneas “Etcétera”. Un dato curioso quizás, es que, a pesar de las cuantiosas páginas de su autoria, ninguna de ellas haya sido dedicada a la escritura de ficción.
            Otro colaborador importante fue Ángel Faretta, presente en casi todos los números con su sección sobre cine. Elvio Gandolfo, estudioso del género, quien había escrito en 1978 el prólogo para la antología de ciencia ficción argentina dirigida por Jorge A. Sánchez, Los universos vislumbrados,[58] fue otro colaborador continúo, que ocupó, de alguna manera, la silla vacía dejada por Sergio Gaut vel Hartman, quien había colaborado en el primer y segundo número (y luego volvería a aparecer en la revista pero ya como autor) para pronto sacar a la calle su propia revista sobre el género (cubriendo aquella ciencia ficción de tinte más popular) bajo el nombre de Parsec.
            Un último nombre propio de la revista fue el de Carlos Gardini, otro del equipo de El Péndulo, que sería el encargado principal de llevar adelante la sección “Etcétera”.
            La presencia de esta pluralidad de nombres otorgaba a la revista la posibilidad de presentar diversas secciones, a cargo de distintas voces, ofreciendo múltiples puntos de vista; al tiempo que le otorgaba la cantidad de manos suficientes como para no dejar de lado otros aspecto menores, tales como las entrega de premios (tanto locales, como internacionales), las columnas, artículos o secciones que publicaciones no ligadas a la ciencia ficción le dedicaban al género, el lanzamientos de otras revistas y fanzines, o demás novedades que dentro del universo de la ciencia ficción iban ocurriendo.
            Una sección que no prosperó, y fue dejada de lado al poco tiempo, fue la dedicadas a las cartas de lectores (“Cartas”), aunque las dos publicadas en el número 2, describen con precisión el espíritu (y la historia) de la revista.
            La segunda de ellas, permite confirmar, al menos al respecto del puntual lector que la escribe, la exitosa transformación llevada a cabo por Marcial Souto en esta segunda época al respecto de la publicación original, en donde lo que se valora, es la posibilidad de leer una revista de verdadera producción local, a la vez que de calidad, que no se limitara funcionar como una mera antología: “Sr. Director: Me alegra mucho que Minotauro haya vuelto a la palestra después de tantos años, pero me alegra aún más que esta nueva versión no sea una mera repetición de la anterior sino un producto totalmente nuevo. (…). En la década del 60 la publicación dirigida por Ricardo Gosseyn resultó todo un acontecimiento por la calidad de los textos y el cuidado de las versiones. (…). Sin embargo, me parece muy bien que esta nueva época no sea una mera sucursal de una publicación extranjera. Es importante que se dé cabida a autores nacionales y se incluya material informativo sobre libros, cine y artes plásticas, como en el primer número.”[59]

            c) La herencia de Porrúa, un eslabón de excelencia
            La otra misiva publicada, en cambio, misiva, no estaba tanto relacionada a la revista en versión actual, sino a aquello que la Minotauro original ya se había propuesto hacía décadas y había llevado a cabo con honores. La de traspasar el umbral del ya constituido público lector del género, para imponer a la ciencia ficción dentro del llano de la literatura; desafiando las miradas de condescendencia como género menor suscitaba: “Señor Director: No soy aficionado a la ciencia ficción. Si me acerqué a Minotauro fue porque guardaba excelentes recuerdos de la revista del mismo nombre existió hace una de décadas. Creo que esa circunstancia, y el hecho de figurar el nombre de J. G. Ballard en el sumario bastaron para atraerme. (…). El balance para mí, lector de literatura general, ha sido positivo. Me he encontrado con una revista de selección evidentemente rigurosa, que desmerece en absoluto la justa fama que logró su  homónima tantos añas atrás.”[60]
            Un nombre que el emisario incluye en la carta (en referencia a la calidad literaria de Ballard), y que por su magnitud nos interesa rescatar aquí, es el de Jorge Luis Borges. Ya absolutamente consagrado, viejo compañero de Porrúa en aquellos años de consolidación del género (recordemos los prólogos para la editorial a Crónicas marcianas y a Hacedor de estrellas), si su nombre ya había aparecido en la revista original, aún cuando más no fuera en el encuadro de un anuncio dentro del margen publicitario, en esta segunda época volvería a aparecer, no del todo fortuitamente, en una carta de lectores, pero, fundamentalmente, como colaborador en el número 8, para el cual entregaría un texto propio e inédito sobre el género fantástico y la ciencia ficción. La inclusión de “Los caminos de la imaginación” (recuperado póstumamente en Textos recobrados (1956-1986)) escrito por un autor de fama mundial, que trascendía géneros y fronteras, en una revista marginal, de un género menor, era un símbolo de todo aquello a lo que Minotauro desde el primer número de Pórrua había aspirado.
            Mientras que los nombres de aquellos muchos autores que ya habiendo sido publicados en la primera etapa volvían aparecer nuevamente en esta segunda versión de la revista (Brian Aldiss, Jim G. Ballard, Fritz Leiber, Alfred Bester, Theodore Sturgeon, Cordwainer Smith, Arthur C. Clarke, Avram Davidson…) eran la certeza de que el espíritu fundamental de la publicación se había respetado y seguía vigente. Fueron, sin lugar a dudas, esos nombres con los que se compuso ese hilo dorado (un hilo de innovación, de apertura, y de una indeclinable exigencia) que marcó el camino (y la herencia) entre una publicación y otra.                


Anexo I:
Índices por número. Primera época.
Minotauro, Número 1. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Septiembre-octubre de 1964.
Cuentos:
§  "¿Qué bestia torpe?”, Alfred Bester.
§  "La costa en el crepúsculo", Ray Bradbury.
§  "En busca de San Aquino", Anthony Boucher.
§  "La anciana señorita Macbeth”, María Shua.
§  "El tigre automático", Kit Reed.
§  “El campamento”, Poul Anderson.
§  “Los hombres que mataron a Mahoma”, Alfred Bester.
§  “El Leonardo perdido”, Jim G. Ballard.
No ficción:
§  Editorial.
§  “De la menta y de la materia”, Isaac Asimov.

Minotauro, Número 2. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Noviembre-diciembre de 1964.
Cuentos:
§  "Nacido de hombre y mujer", Richard Matheson.
§  "La orilla del mar", Algis Budrys.
§  "Ararat", Zenna Henderson.
§  "Boletín", Shirley Jackson.
§  "George", John Anthony West.
§  "El hombre que se casó con la hija de Maxill”, Ward Moore.
§  "Fred uno", James Ransom.
§  “Cántico por Leibowitz”, Walter M. Miller.
§  “El ladrillo de oro”, P. M. Hubbard.
No ficción:
§  Editorial.
§  “El polvo de las edades”, Isaac Asimov.

Minotauro, Número 3. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Enero-febrero de 1965.
Cuentos:
§  "Alpha, Ralpha Boulevard", Cordwainer Smith.
§  "El Golem", Avram Davidson.
§  "El hombre que perdió el mar", Theodore Sturgeon.
§  "Todo un verano en un día", Ray Bradbury.
§  "El Ruum", Arthur Porges.
§  "Mi propio camino", Richard McKenna.
§  “Narapoia”, Alan Nelson
§  “El triunfo de Pegaso”, F. A. Javor.
§  “La oruga rosada”, Anthony Boucher.
§  “Epístola para ser dejada en la tierra”, Archibald MacLeish. (Poema)
No ficción:
§  Editorial.
§  “La oscuridad de la noche”, Isaac Asimov.

Minotauro, Número 4. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Marzo-abril de 1965.
Cuentos:
§  "El precio del peligro", Robert Sheckley.
§  "Todos ustedes, zombis", Robert A. Heinlein.
§  "La chica de mis sueños", Richard Matheson.
§  "El distante rumor de los motores", Algis Budrys.
§  "Gallad", Zenna Henderson.
§  “El planeta Grenville”, Michael Shaara.
§  “Antes la vida era distancia”, Alfred Bester.
§  “El jardín del tiempo”, Jim G. Ballard.
No ficción:
§  Editorial.
§  “Toda una galaxia”, Isaac Asimov.

Minotauro, Número 5. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Mayo-junio de 1965.
Cuentos:
§  "El hombre iluminado", Jim G. Ballard.
§  "Día en la playa”, Carol Emshwiller.
§  "En la colonia de huérfanos", Kit Reed.
§  "Romance en un depósitos de coches usados del siglo XXI", Robert F. Young.
§  "El americano desaparece", Charles Beamunt.
§  “Viaje de ayuno”, James White.
§  “Jack nueve dedos”, Anthony Boucher.
§  “Fiesta en Managuay”, John Anthony West.
§  “El año 2000”, Robert Abernathy.
No ficción:
§  Editorial.
§  “Nada”, Isaac Asimov.

Minotauro, Número 6. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Julio-agosto de 1965.
Cuentos:
§  "Regresa, cazador", Richard McKenna.
§  "Superioridad", Arthur C. Clarke.
§  "El hipnoglifo", John Anthony.
§  "Servimos a las estrellas de la libertad", Jane Beauclerk.
§  "Potaje”, Zenna Henderson.
§  "Proceso", A. E. van Vogt.
§  “Amigo saltador”, Terry Carr.
No ficción:
§  Editorial.
§  “¿Quién está ahí?” Isaac Asimov.

Minotauro, Número 7. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Septiembre-octubre de 1965.
Cuentos:
§  "No habrá tregua para los reyes", Poul Anderson.
§  "Interés compuesto", Mack Reynolds.
§  "Cosas de niños", Theodore Sturgeon.
§  "El hombre que era amigo de los electrones”, Fritz Leiber.
§  “Los patos de las estrellas", Bill Brown.
§  "En el cometa", Arthur C. Clarke.
§  “Algo más”, Robert J. Tilley.
No ficción:
§  Editorial.
§  “Escalones a las estrellas”, Isaac Asimov.

Minotauro, Número 8. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Mayo-junio de 1966.
Cuentos:
§  "Una rosa para el Eclesiastés", Roger Zelany.
§  "Actitudes", Phillip José Farmer.
§  "El túnel adelante”, Alice Glaser.
§  "Desierto", Zenna Henderson.
§  "Pobre guerrero", Brian W. Aldiss.
§  "Harrison Bergeron", Kurt Vonnegut.
§  “Ícaro Montgolfier Wright”, Ray Bradbury.
§  “La música de las estrellas”, Valentina Zhuraleva.
No ficción:
§  Editorial.
§  “Mamuts y mastodontes”, L. Sprague de Camp.

Minotauro, Número 9. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Julio-agosto de 1967.
Cuentos:
§  "El árbol de saliva", Brian W. Aldiss.
§  "La estofa de los sueños", John Brunner.
§  "El ojo ciego de Dios", Kathleen James.
§  "Despierta el mar", Jim G. Ballard."", John Varley.
No ficción:
§  Editorial.
§  “La escena inglesa”, Judith Merril. (Libros).
§  "La pantalla inglesa”, Agustín Mahieu. (Cine).

Minotauro, Número 10. Ediciones Minotauro. Buenos Aires, Argentina. Julio-agosto de 1968.
Cuentos:
§  "El hombre Pi", Alfred Bester.
§  "Ángeles tutelares", C. S. Lewis.
§  "Un toque extraño", Theodore Sturgeon.
§  "Estación de extranjeros", Damon Knigth
§  "237 estatuas parlantes, etc.", Fritz Leiber.
§  "Una corona de fumaria fétida", Vance Aandahl.
§  "Muy arriba, muy adentro", Juan G. Atienza.
§  "Invernáculo", Brian W. Aldiss.
No ficción:
§  “Ejercicios antropológicos”, Pedro Díaz.






Anexo II.
Índices por número. Segunda época:
Minotauro, Número 1, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Abril de 1983.
Cuentos:
§  "La costa asiática", Thomas M. Disch.
§  "Algunos enfoques del problema de la escasez de tiempo", Ursula K. Le Guin.
§  "Un sueño a mediodía", Gardner R. Dozois.
§  "Crisólito entero y perfecto", R. A. Lafferty.
§  "La sueñera", Ana María Shua.
§  "El hombre que se casó con el espacio y el tiempo", Fritz Leiber.
No ficción:
§  Editorial.
§  Etcétera.
§  Entrevista con Pablo Capanna.
§  "El advenimiento de lo inconsciente", J. G. Ballard.
§  "Libros: Un intento de 'Historia global'", Pablo Capanna.
§  "Libros: Mujeres, hombres, dragones", Sergio Gaut vel Hartman.
§  “Recordando las películas de episodios", Aníbal M. Vinelli.

Minotauro, Número 2, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Julio de 1983.
Cuentos:
§  "La galería de hibakusha", Edward Bryant.
§  "El Encanto", Massimo Pandolfi.
§  "Últimas órdenes", Brian W. Aldiss.
§  "El verdadero señor Newman", Michael Moorcock.
§  "El crucificado", Mario Levrero.
§  "Tierra Hermosa", Gene Wolfe.
§  "Los buenos van al paraíso, pero no todos los malos pueden ir al infierno", Angélica Gorodischer.
No ficción:
§  Editorial.
§  Etcétera.
§  "Un hombre del Renacimiento: Gregory Bateson", Pablo Capanna.
§  "Libros: Los nuevos apocalípticos", Pablo Capanna.
§  "Libros: triángulo", Sergio Gaut vel Hartman.
§  "Cine: El cine, ese otro sueño", Ángel Faretta.
§  Cartas.

Minotauro, Número 3, Segunda época.  Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Septiembre de 1983.
Cuentos:
§  "El caso Rautavaara", Philip K. Dick.
§  "Memoria total", Gilda Musa.
§  "La estación terminal", Leonardo Moledo.
§  "El primer informe del extranjero náufrago al Kadanh de Derb", Ursula K. Le Guin.
§  "Reina del atardecer", Cordwainer Smith.
§  "Los muertos", Carlos Gardini.
No ficción:
§  Editorial.
§  Etcétera.
§  "Hombre, androide, máquina", Philip K. Dick.
§  "Preludio para una utopía fallida", Pablo Capanna.
§  "Libros: El Yo y sus circunstancias", Pablo Capanna.
§  "Libros: El mundo verdadero de la ficción", Elvio E. Gandolfo.
§  "Cine: el crepúsculo de los semidioses", Ángel Faretta.

Minotauro, Número 4, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Noviembre de 1983.
Cuentos:
§  "Tiernamente Fahrenheit", Alfred Bester.
§  "Una flor lenta", Raúl Alzogaray.
§  "Y desperté y me encontré aquí en la fría ladera", James Tiptree, Jr.
§  "Retoños", Luisa Axpe.
§  "Los ondulantes", Fredric Brown.
No ficción:
§  Editorial.
§  Etcétera.
§  Entrevista con Alfred Bester, Charles Platt.
§  "Cordwainer Smith: El hombre y el autor", Pablo Capanna.
§  "Libros: La imaginación al poder", Pablo Capanna.
§  "Libros: Los países de la mente", Elvio E. Gandolfo.
§  "Cine: Dos films", Ángel Faretta.

Minotauro, Número 5, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Enero de 1984.
Cuentos:
§  "La máscara", Stanislaw Lem.
§  "Ruido", Jack Vance.
§  "Islas", Sergio Gaut vel Hartman.
§  "Misión de prueba", Barrington Bayley.
§  "El otro lado", Sonia Gerszon.
No ficción:
§  Editorial.
§  Etcétera.
§  "Un pesimista afortunado", Pablo Capanna.
§  "Libros: Un abogado del evolucionismo", Elvio E. Gandolfo.
§  "Cine: La otra orilla", Ángel Faretta.

Minotauro, Número 6, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Mayo de 1984.
Cuentos:
§  "Y ahora las noticias...", Theodore Sturgeon.
§  "Octavio, el invasor", Ana María Shua.
§  "El bosque de Zil", Kris Neville.
§  "Las formas del dolor", James Tiptree, Jr.
§  "Sobre la multiplicidad de la luna", Norma Vitti.
§  "Weihnachtsabend", Keith Roberts.
No ficción:
§  Editorial.
§  Etcétera.
§  "Theodore Sturgeon", Charles Platt.
§  "Las ciencias de la conjetura", Pablo Capanna.
§  "Libros: Al margen de la literatura y de los géneros", Elvio E. Gandolfo.
§  "Cine: El cine como voluntad y representación", Ángel Faretta.

Minotauro, Número 7, Segunda época.  Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Agosto de 1984.
Cuentos:
§  "El foso estelar", Samuel R. Delany.
§  "El día que incendiaron el aire", Antonio Elio Brailovsky.
§  "Wood'stown", Alphonse Daudet.
§  "Carteles", Sergio Gaut vel Hartman.
§  "El sinuoso camino de la libertad", Carlos Gardini.
No ficción:
§  Minotauro 7.
§  Etcétera.
§  "Samuel R. Delany", Charles Platt.
§  "Fantasmas en la máquina", Pablo Capanna.
§  "Azar y orden", Stanislaw Lem.
§  "Libros: Más allá de Darwin", Pablo Capanna.
§  "Libros: Visiones y visionarios",  Carlos Gardini.
§  Cartas.

Minotauro, Número 8, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Noviembre de 1984.
Cuentos:
§  "Rey de invierno", Ursula K. Le Guin.
§  "Capítulo XXX", Mario Levrero.
§  "Más sueñera", Ana María Shua.
§  "Desayuno en el crepúsculo", Philip K. Dick.
§  "Belleza rubia para secundar a héroe, se necesita", Angélica Gorodischer.
§  "Lo niños de Mamá Hitton", Cordwainer Smith.
No ficción:
§  Minotauro 8.
§  Etcétera.
§  "Los caminos de la imaginación", Jorge Luis Borges.
§  "Dualismo y sexualidad", Ursula K. Le Guin.
§  "Salvador Dalí (el inocente como paranoide)", J.G. Ballard.
§  "El desafío intelectrónico", Pablo Capanna.
§  "Libros: Naves de la imaginación", Carlos Gardini.
§  "Libros: Cinco prólogos para una biblioteca inexistente", Pablo Capanna.
§  "Cine: El cine como voluntad y representación (II)", Ángel Faretta.

Minotauro, Número 9, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Febrero de 1985.
Cuentos:
§  "La nave elegante y delicada", Brian W. Aldiss.
§  "La vieja carretera", Miguel Gila.
§  "Las mujeres que los hombres no ven", James Tiptree, Jr.
§  "La Convención", Pedro Orgambide.
§  "Maniquíes", John Varley.
No ficción:
§  Minotauro 9.
§  Etcétera.
§  "La magia y las tablas desnudas", Brian W. Aldiss.
§  "Prestigios de un mito", Pablo Capanna.
§  "Una utopía latinoamericana", Elvio E. Gandolfo.
§  "Libros: Juguemos en el cráter", Pablo Capanna.
§  "Cine: Figuras dantescas", Ángel Faretta.
§  Cartas.

Minotauro, Número 10, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto.  Buenos Aires, Argentina, Setiembre de 1985.
Cuentos:
§  "Hawksville", Carlos Gardini.
§  "Los espectadores", Eduardo Abel Gimenez.
§  "El inconfundible aroma de las violetas silvestres", Angélica Gorodischer.
§  "Mandrágora", Raúl Alzogaray.
§  "En el depósito", Sergio Gaut vel Hartman.
§  "Desnudez", Luisa Axpe.
§  "Diario del tiempo en la nieve", Rogelio Ramos Signes.
§  "Adopción", Leonardo Moledo.
No ficción:
§  Etcétera.
§  "La ciencia ficción y los argentinos", Pablo Capanna.
§  "Libros: Persecuciones", Pablo Capanna.
§  "Cine: El cine como voluntad y representación (III)", Ángel Faretta.

Minotauro, Número 11, Segunda época. Ediciones Minotauro. Dirigida por Marcial Souto. Buenos Aires, Argentina, Marzo de 1986.
Cuentos:
§  "Música lenta", James Tiptree, Jr.
§  "Ruta", Eduardo J. Carletti.
§  "La casa de los Blackeneys", Avram Davidson.
§  "Las tortugas de paja", Laura Krauz.
§  "Hacia un mar sin sol", Cordwainer Smith.
No ficción:
§  "Libros: Persecuciones", Pablo Capanna.
§  Minotauro 11.
§  Etcétera.
§  "La ciencia ficción y la señora Brown", Ursula K. Le Guin.
§  "Libros: La persistencia de las visiones", Carlos Gardini.





  


Bibliografía

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Capanna, Pablo: El sentido de la ciencia ficción. Ed. Columba. Buenos Aires, Argentina.  1966
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[1] Capanna, Pablo: Ciencia ficción, utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 265.
[2] Ibídem: Pág.: 266.
[3] Ibídem: Pág.: 268.
[4] En “Editorial”. Revista Minotauro, número 01. Septiembre-Octubre de 1964. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[5] “Después, en Minotauro, donde yo manejaba casi todo, desde las traducciones hasta la presentación del libro, no había nadie que se interpusiese en mi trabajo. (…). De modo que tuve que trabajar solo durante mucho tiempo, encargándome también de las partes administrativas”. Declaraciones de Francisco Porrúa, en entrevista realizada por Ramón González Férriz. “Entrevista con Francisco Porrúa”. Disponible en: letras libre http://www.letraslibres.com/revista/artes-y-medios/entrevista-con-francisco-porrua.
[6] Capanna, Pablo: “La ciencia ficción y los argentinos”. En revista Minotauro (segunda época), número 10. Septiembre-Octubre de 1985. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 48.
[7] Esta y todas los entrecomillados, incluidos los del párrafo anterior, en Capanna, Pablo: Ciencia ficción, utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 269-270.
[8] Capanna, Pablo: Ciencia ficción, utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 222.
[9] Capanna, Pablo: El sentido de la ciencia ficción. Ed. Columba. Buenos Aires, Argentina.  1966. Pág.: 234.
[10] Capanna, Pablo: Ciencia ficción. Utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 48.
[11] Capanna, Pablo: Ciencia ficción. Utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 233.
[12] Sternberg, Jacques: En “Editorial”, revista Minotauro, número 05 (primera época). Junio-julio 1965. Pág.: 2.
[13] Pinotti, Eleonora: “Mito y ciencia ficción: La evolución de los seres del cosmos en El centinela y 2001: Una odisea espacial”, en Anuari de Filologia. Literatures contemporanies. 2/2012. Disponible en:
http://revistes.ub.edu/index.php/AFLC/article/view/5492/7303
[14] Disponible en: http://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/8833/mito_romar_LITERATURA_2008.pdf?sequence=1
[15] Link, Daniel (comp.): Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción. Ed. La Marca. Buenos Aires, Argentina. 1994.
[16] Brown, Frederic: “Hacia una definición de la ciencia-ficción”. En revista Minotauro, número 2 (primera época). Noviembre-diciembre 1964. Pág.: 2.
[17] Mayor información sobre sus trabajos allí disponible en: https://www.uam.es/proyectosinv/surreal/apartirdecero-indice-ilustraciones.html. Mayor información sobre A partir de cero en: https://www.uam.es/proyectosinv/surreal/apartirdecero-estudio.html
[18] Minotauro (primera época): Número 4. Febrero-marzo, 1965. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 121.
[19] Capanna, Pablo: “Futuristas en la Pampa”, en Tiempo Argentino, (Buenos Aires: domingo 29 de diciembre de 1985). Aquí extraído de Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción (Daniel Link, compilador). Ed. La Marca. Buenos Aires, Argentina. 1994. Pág.: 48.
[20] Minotauro (primera época): Número 1. Septiembre-Octubre, 1964. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 24.
[21] Ibídem: Pág.: 32.
[22] Ibídem: Pág.: 52.
[23] Minotauro (primera época): Número 3. Enero-febrero, 1965. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[24] Minotauro (primera época): Número 5. Mayo-junio, 1965. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[25] Minotauro (primera época): Número 7. Septiembre-octubre, 1965. Buenos Aires, Argentina.  Pág.: 2.
[26] Minotauro (primera época): Número 8. Mayo-junio, 1966. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 24.
[27] Minotauro (primera época): Número 10. Julio-agosto, 1968. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[28] Minotauro (primera época): Número 6. Julio-agosto, 1965. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[29] Ibídem.
[30] Lafleur, Héctor René; Provenzano, Sergio D.; Alonso, Pedro D.: Las revistas literarias argentinas (1893-1960). Ediciones Culturales Argentinas. Buenos Aires, Argentina. 1962. Pág.: 7.
[31] Minotauro (primera época): Número 3. Enero-febrero, 1965. Buenos Aires, Argentina. Pág.:126.
[32] Sea quizás interesante pensar, al respecto, a Minotauro como una antecesora de la idea que Hernán Casciari llevaría a la práctica en su revista Orsai, la de llevar adelante una revista literaria (no académica -como lo pudiera ser contorno) que mantuviera sus páginas libres de la dependencia y contaminación publicitaria. 
[33] Capanna, Pablo: Ciencia ficción. Utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 270.
[34] Minotauro (primera época): Número 9. Julio-agosto, 1967. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[35] Minotauro (primera época): Número 9. Julio-agosto, 1967. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 142.
[36] Capanna, Pablo: Ciencia ficción. Utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 268.
[37] “Hay un par de cuentos que publicó en la revista que él hacía, Géminis, que metían elementos argentinos, como esa viejita catamarqueña que va a vivir a Marte y quiere un árbol para reposar a sus sombra”, (Capanna, Pablo: En “Entrevista”, [entrevista con Carlos Gardini]. Minotauro (segunda época): Número 1. Abril, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 61).
[38] Capanna, Pablo: En “Entrevista”, (Entrevista con Carlos Gardini). Minotauro (segunda época): Número 1. Abril, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 61.
[39] Ibídem.
[40] Ibídem.
[41] Pestarini, Luis: “El boom de la ciencia ficción argentina en la década del ´80”, en Revista iberoamericana, LXXVIII, Nums 238-239, enero-junio 2012. Disponible en:
http://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/viewFile/6908/7071
[42] Ibídem: Pág.: 428.
[43] Ibídem.
[44] Vélez García, Juan Ramón: Angélica Gorodischer: fantasía y metafísica. Editorial CSIC. Madrid, España. 2007. Pág.: 59. El texto citado pertenece a la nota al píe número 102, citado de Costa, Flavia: “La máquina de inventar sueños”, Clarín digital. “Suplemento cultura y nación”, 2000.
[45] Capanna, Pablo: Ciencia ficción. Utopía y mercado. Ed. Cántaro. Buenos Aires, Argentina.  2007. Pág.: 277.
[46] La lista de autores, y los números en los que se encuentran publicados,  es: Ana María Shua (1, 6 y 7), Angélica Gorodischer (2, 8 y 10), Leonardo Moledo (3 y 10), Carlos Gardini (2, 3 y 10), Raúl Alzogaray y Luisa Axpe (ambos 4 y 10), Sergio Gaut vel Hartman (5, 7 y 10), Norma Viti (6), Antonio E. Brailovsky (7), Pedro Orgambide (9), Eduardo Abel Gimenez (10), Rogelio Ramos Signes (10) y Laura Krauz (11), Eduardo Carletti (11). 
[47] Minotauro (segunda época): Número 10. Septiembre, 1985. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 2.
[48] Grinberg, Miguel: Cómo vino la mano. Editorial Distal. Buenos Aires, Argentina. 1993. Pág.: 23.
[49] Ibídem: Pág.: 33.
[50] Ibídem: Pág.: 73.
[51] Ibídem: Pág.: 74.
[52] Capanna, Pablo: En “Entrevista”, (Entrevista con Carlos Gardini). Minotauro (segunda época): Número 1. Abril, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 61.
[53] Gardini, Carlos: En “Entrevista”, (Entrevista a Pablo Capanna). Minotauro (segunda época): Número 1. Abril, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 62.
[54] Capanna, Pablo: En “Entrevista”, (Entrevista con Carlos Gardini). Minotauro (segunda época): Número 1. Abril, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 62.

[55] Esta, y la cita anterior, en Minotauro (segunda época): Número 5. Enero, 1984. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 86.
[56] Minotauro (segunda época): Número 10. Septiembre, 1985. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 35.
[57] Capanna, Pablo: “La ciencia ficción y los argentinos”. En Minotauro (segunda época): Número 10. Septiembre, 1985. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 56
[58] Los universos vislumbrados. Antología de ciencia ficción argentina. Selección a cargo de Jorge A. Sánchez. Editorial Andrómeda. Buenos Aires, Argentina, 1978. 
[59] Minotauro (segunda época): Número 2. Julio, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 126. En carta al “Señor Director”, firmada por Javier Méndez Haedo.
[60] Minotauro (segunda época): Número 2. Julio, 1983. Buenos Aires, Argentina. Pág.: 125. En carta al “Señor Director”, firmada por Constante Luis Ceriotti.